miércoles, 29 de octubre de 2014

La política se debe entender como servicio a la comunidad



Para muchos políticos de alto nivel el negocio de su vida comienza después de dejar sus cargos. En principio es algo legítimo, pero no deja de ser inmoral si pensamos que actúan como lobbyístas para los grandes consorcios, haciendo uso indebido de los contactos heredados de sus posiciones políticas privilegiadas. 

Son los lobbies los que dictan las leyes a su conveniencia (véanse CETA, TTIP y el TLC con Singapur) a través de políticos en ejercicio y ex altos cargos electos como los antiguos jefes de gobierno o ministros, pero también por medio de personas dedicadas únicamente a ser enlaces entre parlamentarios y empresas.

Muchos favores de la época de su actividad política se pagan así mediante comisiones por interceder en la consecución de lucrativos contratos internacionales o nacionales. No existe la transparencia ni el control democrático, ya que los mismos representantes elegidos por el sistema que disfrazan de democracia parlamentaria no defienden los intereses de los ciudadanos que los eligen, sino sólo los intereses de las grandes empresas. 

Esta no puede ser la finalidad de los parlamentos ni de la representación delegada en los diputados y alcaldes, que se justifican con argumentos como que no sería viable abarcar tantos temas y tanta legislación por ellos mismos. Necesitamos más democracia directa, más controles democráticos, más transparencia y menos lobbyístas. La política se debe entender como servicio a la comunidad y no como negocio particular de unos pocos. Este es lo que defiende Cilus, porque sólo así la política se podrá regenerar.




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